Soy voyeur de almas

Me considero voyeur de almas; la intimidad me pone. No soy la única con este fetiche, me consta.

Imaginaros una docena de personas, la mayoría desconocidas, sentadas una en frente de la otra en una sala con luz suave. Hay silencio absoluto y tienen los ojos cerrados. Se les indica que mantengan la atención en su respiración…mientras sus mentes se van calmando. La mirada, hacia adentro.

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Al cabo de unos minutos reciben la orden de abrir sus ojos y mirarles a los ojos a la persona que tienen en frente. Sin hacer gestos, sin palabras…si pueden evitarlo. Así durante diez minutos…aunque ellos no saben cuánto tiempo ha pasado. Al sonido de una campanita, la indicación de cerrar de nuevo los ojos. Un cambio de silla, una persona distinta en frente y la experiencia se repite. Y se repite cuatro veces más. Ha pasado una hora.

Arropados por invisibles burbujas aislantes que se forman entorno a cada pareja durante el ejercicio, cada cual se ha desnudado ante el otro, sin quitarse una sola prenda de ropa. Inicialmente hay cierta resistencia, pero al final sucumben. Con la mirada han buceado en las profundidades propias y las del otro, reflejándose el uno en el otro, sin vocalizar una sola palabra.

Cuando por fin se les permite expresarse, todos sin excepción, reconocen sentirse profundamente conectados con sus “compañeros/as”, tanto con los que ya conocían como con los que no. Están pletóricos…expansivos…vibrantes. La mayoría siente que han establecido vínculos potentes, atemporales y multifacéticos. Algunos han sentido fusionarse, o la disolución de los limites aparentes entre ellos. Se han sentido vistos, sostenidos, escuchados…y plenamente presentes. Algunos dicen haber sentido un erotismo exquisito. Todos han sentido, en mayor o menor grado, amor.

No ha sido sexual. ¿O sí?

El factor sorpresa en este tipo de interacción es, casi siempre, clave. ¿Porqué?

Porque de antemano, la mayoría de las personas sienten cierto reparo a abrirse y exponerse a un montón de desconocidos. Incluso sienten reparo a mostrar su vulnerabilidad con personas conocidas, incluyendo familiares y parejas. La verdad es que sentimos reparo hasta de abrirnos a nosotros mismos…

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Ese reparo…que es miedo…hace que levantemos, inconscientemente, barreras de todo tipo. Y es una pena que esto suceda (o al menos a mí me lo parece) porque con barreras levantadas difícilmente podemos llegar a experimentar la clase de intimidad que experimentaron las personas del ejercicio que he descrito. Tendemos a ir por la vida con las barreras levantadas, sintiéndonos más o menos solos e incomprendidos.

Muchas personas cuentan que, sin saber muy bien porqué ni como, han tenido ocasionalmente un encuentro íntimo de una extraordinaria conexión, intensidad y autenticidad. Cuando esto sucede, deja huella. No se olvida. Y en esta franja de intimidad, el sexo- de haberlo- casi siempre es muy especial. Es como volver a casa después de un viaje agotador. Nos sentimos conectados, aceptados, plenos… y se está tan, tan a gustito así.

Como os he confesado antes…soy voyeur de almas. Pocas cosas me resultan tan gratificantes como facilitar la re-conexión y el re-conocimiento entre personas, entre almas. Atestiguar la felicidad que sienten las personas cuando reconocen que estamos TODOS interconectados y cuando sienten el amor incondicionado en la que fluimos, me pone. Este “fetiche” es lo que me ha impulsado a crear mis talleres, precisamente con el fin de enseñar a las personas que desean experimentar, de manera voluntaria y consciente, este tipo de intimidad. ¿Te animas?

nicole pradoPor Nicole Prado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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